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Para cruzar lo que antes era el Distrito Federal desde el lado oeste del Estado de México hasta Ixtapaluca en el este, hay que tomar en cuenta el tráfico, las inundaciones, la densidad del viernes y las rutas, entre otras cosas. A veces recuerdo lo poco que me importaba la geografía cuando era pequeño, pero cuando supimos que Ixtapaluca estaba a una hora de Puebla me hubiera gustado saberlo desde antes. Cerca de la hora y cuarenta minutos, íbamos apenas a la mitad del camino y empezamos a pensar que sería mejor no volver a casa e irnos de Ixtapaulca a puebla, quizá podríamos encontrar donde dormir por ahí.

Llegamos como a las tres horas y media (o más) y en cuanto pisamos tierra tomamos nuestras cosas y nos subimos al escenario, era hora de tocar. Varias bandas estaban abismadas en el mismo tránsito que recientemente superamos, el horario era un desorden; clásico de una noche de diversión.

Lo bueno de este evento es que la gente sabía a lo que venía, nadie estaba ahí por casualidad. En ixtapaluca es común la fama de no llevársela leve, o por lo menos eso había escuchado y sin duda eso mismo experimenté. Por esta y otras razones creo que público fue sin duda un de los mejores de este año. La energía se sentía como corriente eléctrica, nunca olvidare esas miradas y esos cuerpos moviéndose tan cerca de mí, ellos y yo, nosotros, el conjunto, el acto; buenos rato en el salón Wizard, Ixtapaluca.

Después de tocar disfrutamos de las otras bandas, de la convivencia con la gente, de la cerveza y la inmundicia. El catering fue pasta y arroz, muy bueno, bastante frío; tuve que fabricar una cuchara con papel aluminio para disfrutar del festín. Sabíamos que probablemente sería lo último que comeríamos por varias horas. El lodo del estacionamiento y el patio tuvo un gran efecto en el suelo del coche, pero eso no era de gran importancia, la noche era nuestra en su totalidad, no había regreso casa. El único prevenido del equipo fue RCA Salem, el agente del caos, el ingeniero de la banda; al menos el traía una playera extra y una mochila llena de sorpresas.

Llegamos al after de la fiesta en una casa amurallada por altas paredes de ladrillo, dentro, un gran jardín y una carpa para protegernos de la posible lluvia. Cuando llegamos no había música ni nada de tomar, sólo unas treinta personas y un trovador urbano, de los que lleva su guitarra todas partes. Sus canciones que  fueron divertidas, pero sólo por unos 15 o 20 minutos. Decidimos salir para comprar algo de tomar, lo cuál no tomó mucho tiempo y cuando volvimos ya había un equipo de sonido y más gente con sus respectivas bebidas, el after estaba tomando forma. Después de un rato me uní a un grupo de gente que intentaba prender una fogata, la cual después de un rato calentó el resto de la noche. El fuego es uno de mis cosas favoritas, sobretodo cuando se trata de encenderlo en condiciones adversas, como esta. Pronto dieron las 5 o las 6 de la mañana, había un poco de luz de madrugada difuminada en la densa niebla. Pocas veces vi tanta niebla en mi vida.

Intentamos cantar unas canciones alrededor de la fogata, añorando esas noches en el Uncle Uncanny’s, buscando esos niveles de profundidad y de intensidad… Pero no era la vibra correcta, la guitarra del nió trovador era imposible de tocar, sólo el lograba sacarle el sonido correcto, además había algunas personas que no entendían hacia donde va el camino por el que te puede llevar una canción en una fogata. Tampoco es la mejor idea buscar viejas experiencias, al fin y al cabo, el tiempo nunca retrocede. Durante los últimos minutos dejé de avivar el fuego y lo observé directamente mientras quemaba mis ojos, mis pensamientos, yo mismo. Cualquier cosa relacionada conmigo y con el momento se ornamentaba automáticamente con la estructura de la palabra, como una máquina incontrolable de ideas y belleza y locura, como si estuviera soñando… a esas horas siempre termino igual. Siempre es lo mismo, pero diferente.

 

Fotos por Vague Forever: