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El vaquero-gángster-hombre-de-negro se acercó a nosotros, al parecer le habían gustado las bandas y nos invitó a una fiesta exclusiva en casa de un músico conocido y admirado por varios de la caravana, sin duda era la forma adecuada de continuar la noche. Caminamos por una hora, quizá más. Él caminaba rápido y en silencio, apenas  podíamos seguirle el paso. Algunos empezaban a desesperarse, nadie tenía idea de dónde estábamos ni a dónde íbamos. El sujeto por fin giró y caminó hacia una casa, la calle estaba en completo silencio excepto por nuestros los pasos. Subió las escaleras del porche y tocó la puerta con su enorme puño. El silencio lo dijo todo. El sujeto volvió a tocar la puerta sin voltear a vernos en absoluto. No pasó nada más que el tiempo, de suerte me aguante la risa… este tipo de situaciones, es imposible librarse de ellas. El sujeto se dio la vuelta en silencio, nos miró a todos a través de sus lentes obscuros, sacó una cajetilla de su bolsillo, llevó un cigarro a su boca y lo encendió con bastante estilo. Después de un par de caladas dijo: creo que aquí no hay nada.

Así es, la gran noche se enfrenta a la gran decepción, pero… ¿y ahora qué? Viajamos miles de kilómetros para compartir nuestra música y en eso tuvimos éxito, pero después de los 50 minutos en el escenario la vida sigue y todos desean festejar, beber, ser vistos, reír, ir a una fiesta o a todas las que se puedan. Ahora estábamos en medio de una zona residencial, a una hora caminando de cualquier tipo de diversión. Era hora de aceptarlo, hay que saber ganar y perder.

Caminamos hacia la casa de Jason un rato, encontramos una hamburguesería con autoservicio las 24 horas, pero como no íbamos en coche nos negaron el servicio. En vista de tanto fracaso pedimos un taxi que nos llevara hacia el Denny’s más cercano, por lo menos eso salió bien.

Al día siguiente Levy había organizado un pequeño concierto en el Sahara Lounge. Llegamos al lugar y todo sucedió sin problemas, tocamos y nos divertimos, no había tanta gente pero esa era justo nuestra expectativa. Lo mejor de todo fue que Levy nos invito a un after en su casa donde también seguimos tocando.

La casa de Levy es como el hoyo funky de Austin; una maravilla, un lugar perfectamente sucio y desordenado, adaptado para los inadaptados; simplemente una delicia. En un abrir y cerrar de ojos pasaron horas. Salí del cuarto donde estuvimos tocando y me percaté de que la casa estaba ahora llena de gente… todo tipo de gente. Una gran celebración. Lamentablemente ya era tarde y a la mañana siguiente debíamos volar. Así que la caravana se subió a su vehículo espacial y con mis manos al volante rodamos de nuevo a casa de Jason.

Algunas horas después aterrizamos en México… como abrir los ojos después de soñar. La caravana había terminado, pero a la vez no. Varios meses han pasado ya desde esos días, pero afortunadamente tuvimos y tenemos para mucho más. Pronto habrá tiempo para más historias del Plastic Journey tour e incluso para hablar sobre el viaje plástico en sí… de momento tenemos que pensar si es algo, o nada en realidad….